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EL MAESTRO Y LA MUJER DE CERÁMICA

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EL MAESTRO Y LA MUJER DE CERÁMICA  «Los derechos del enfermo están fuera de duda. De quien los cuida nadie nos habla»  Andrés Neuman   Las mujeres condenadas por sus crímenes eran cosidas por la mandíbula a la cabeza de hombres-mounstros, hombres gigantes que impedían la continuación de sus ataques klm,.- Mis manos dejaron de teclear en cuánto vi su rostro y el vaso de agua roto a sus pies. La había dejado sentada al lado izquierdo de mi escritorio mirando hacía la ventana, mientras yo ocupaba un poco de tiempo en la escritura. La vida con H estaba lejos de ser ese rescoldo de indiferencia, bastó la enfermedad para volvernos a notar prolongadamente.  – ¿Quieres ir de regreso a la cama? Luego pensé que era estúpido preguntar, apenas y la había movido hace media hora. Ella tenía cierta atracción por lo incómodo y gozaba de cierto placer al importunarme. Pocas veces me detenía a verla porque no resistía su penetrante mirada sobre mi, así que siempre buscaba entre sus r...

Lima tres, dos, uno.

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“Los labios insinuantes del recuerdo me han besado con sabores de ayer y en la pizarra enigmática, de aquel asfalto gris yo… ella; éramos al crepúsculo como dos signos de interrogación” Carlos Oquendo de Amat Tres Veo tu rostro, desde el fondo oscuro de una habitación, en la que ya nada de nosotros. Ninguno de los dos vive aquí y en mi memoria los adioses se aletargan. Los hilos de la tierra y del sueño -como me explicaste, se llamaban los telares de la entrada- tensaron tu ausencia; pero la memoria, anclada, vacilante y perdida, va haciéndose más pequeñita, proclive a desaparecer. Una hilera de finas gotas se posa sobre la ventana y tu voz cansada, como en un bostezo, pronuncia la última sílaba: aquí solo tenemos la ilusión de la lluvia. Guardo tus 5 metros de poemas en mi equipaje y preparo para salir del hotel rumbo al mar, hacia el puerto, hacia La Punta. Dos El fulgor desdibuja la quietud, juego de sombras y luces, piel que se entrelaza descubriendo heridas, besos que destrozan ot...

Bogotá, capital sin hombre vivos.

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  —   ¡El agua!, !El tubo!, ¡Cierre el registro!, ¡Páseme el destornillador de estrella! — ¡Hermaaaano!, ¡Muévase rápido!, ¡No ve el chorro de agua que va doblando la esquina! — Entonces hágalo usted, no me chancletié, déjeme sano. Emmanuel, se despertó a las puntuales cinco de la mañana de un día lunes, con la estridente conversación de dos ruidosos hombres; dormía tranquilamente en la habitación del primer piso que daba contra la ventana de la calle, en la pensión de Doña Mary, la mujer de la que todo el mundo en el barrio hablaba mal, pero a la que siempre le pedían dinero prestado a gota gota. La voz de los desconocidos, sumada a un hedor insoportable, lo impulsaron a salir desesperadamente de la habitación, con lo que era una vieja sudadera de pijama y una libreta de apuntes, «por si las moscas» la noticia no espera. Emprendía su vida laboral en el impredecible oficio de reportero, había recibido una vacante en el periódico local del barrio, gracias a su curiosidad nata y...